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Evangelio de Abril
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ABRIL 2017

1 abril 2017
Jn 7, 40-53
En aquel tiempo había algunos entre la gente que cuando oyeron a Jesús dijeron: -Seguro que este hombre es el profeta. Otros decían: -Éste es el Mesías. Pero otros decían: -No, porque el Mesías no puede proceder de Galilea. La Escritura dice que el Mesías tiene que ser descendiente del rey David, y que procederá de Belén, el mismo pueblo de donde era David.
Así que la gente se dividió por causa de Jesús. Algunos querían llevárselo preso, pero nadie lo hizo.
Los guardianes del templo volvieron a donde estaban los fariseos y los jefes de los sacerdotes, que les preguntaron:
-¿Por qué no lo trajeron? Los guardianes contestaron: -¡Jamás ningún hombre ha hablado así!
Entonces los fariseos les dijeron: -¿También ustedes se han dejado engañar? ¿Acaso ha creído en él alguno de nuestros jefes, o de los fariseos? Pero esta gente, que no conoce la ley, está maldita.
Nicodemo, el fariseo que en una ocasión había ido a ver a Jesús, les dijo: -Según nuestra ley, no podemos condenar a un hombre sin antes haberlo oído para saber qué es lo que ha hecho.
Ellos le contestaron: -¿También tú eres de Galilea? Estudia las Escrituras y verás que de Galilea jamás procede un profeta.
Cada uno se fue a su casa.

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2 abril 2017 - 5º Domingo de CUARESMA
Jn 11, 1-45
En aquel tiempo, había un hombre enfermo que se llamaba Lázaro, natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. Esta María, que era hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos. Así pues, las dos hermanas mandaron a decir a Jesús: -Señor, tu amigo querido está enfermo.
Jesús al oírlo dijo: -Esta enfermedad no va a terminar en muerte, sino que ha de servir para mostrar la gloria de Dios, y también la gloria del Hijo de Dios.
Aunque Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro, cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. Después dijo a sus discípulos: -Vamos otra vez a Judea. Los discípulos le dijeron: -Maestro, hace poco los judíos de esa región trataron de matarte a pedradas, ¿y otra vez quieres ir allá?
Jesús les dijo: -¿No es cierto que el día tiene doce horas? Pues si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz que hay en este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque le falta la luz.
Después añadió: -Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo. Los discípulos le dijeron: -Señor, si se ha dormido, es señal que va a sanar.
Pero lo que Jesús les decía es que Lázaro había muerto, mientras que los discípulos pensaban que se habían referido al sueño natural. Entonces Jesús les dijo claramente: -Lázaro ha muerto. Y me alegro de no haber estado allí, porque así es mejor para ustedes, para que crean. Pero vamos a verlo.
Entonces Tomás, al que llamaban el Gemelo, dijo a los otros discípulos: -Vamos también nosotros, para morir con él.
Al llegar, Jesús se encontró con que ya hacía cuatro días que Lázaro había sido sepultado. Betania se hallaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros; y muchos de los judíos habían ido a visitar a Marta y a María, para consolarlas por la muerte de su hermano. Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, salió a recibirlo; pero María se quedó en la casa. Marta le dijo a Jesús: -Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora Dios te dará todo lo que le pidas.
Jesús le contestó: -Tu hermano volverá a vivir. Marta le dijo: -Sí, ya sé que volverá a vivir cuando los muertos resuciten, en el día último.
Jesús le dijo entonces: -Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que todavía está vivo y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?
Ella le dijo: -Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Después de decir esto, Marta fue a llamar a su hermana María, y le dijo en secreto: -El Maestro está aquí y te llama. Tan pronto como lo oyó, María se levantó y fue a ver a Jesús. Jesús no había entrado todavía en el pueblo; estaba en el lugar donde Marta se había encontrado con él. Al ver que María se levantaba y salía rápidamente, los judíos que estaban con ella en la casa, consolándola, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar.
Cuando María llegó a donde estaba Jesús, se puso de rodillas a sus pies diciendo: -Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Jesús al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció, y les preguntó: -¿Dónde lo sepultaron?
Le dijeron: -Ven a verlo, Señor. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron entonces: -¡Miren cuánto lo quería! Pero algunos de ellos decían: -Éste, que dio vista al ciego, ¿no podría haber hecho algo para que Lázaro no muriera?
Jesús, otra vez muy conmovido, se acercó a la tumba. Era una cueva, cuya entrada estaba tapada con una piedra. Jesús dijo –Quiten la piedra.
Marta, la hermana del muerto, le dijo: -Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que murió. Jesús le contestó: -¿No te dije que, si crees, verás la gloria de Dios?
Quitaron la piedra, y Jesús, mirando al cielo, dijo: -Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo digo por el bien de esta gente que está aquí, para que crean que tú me has enviado.
Después de decir esto, gritó: -¡Lázaro, sal de ahí!
Y el que había estado muerto salió con las manos y los pies atados con vendas y la cara envuelta en un lienzo. Jesús les dijo: -Desátenlo y déjenlo ir. Por esto creyeron en Jesús muchos de los judíos que habían ido a acompañar a María y que vieron lo que él había hecho.

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3 abril 2017
Jn 8, 1-11
En aquel tiempo,  Jesús se dirigió al Monte de los Olivos, y al día siguiente, al amanecer, volvió al templo. La gente se le acercó, y él se sentó y comenzó a enseñarles.
Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer, a la que habían sorprendido cometiendo adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes, y dijeron a Jesús: –Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio. En la ley, Moisés nos ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú que dices?
Ellos preguntaron esto para ponerlo a prueba, y tener así de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en la tierra con el dedo. Luego, como seguían preguntándole, se enderezó y les dijo: –Aquel de ustedes que no tenga pecado, que tire la primera piedra.
Y volvió a inclinarse y siguió escribiendo en la tierra. Al oír esto, uno tras otro comenzaron a irse, y los primeros en hacerlo fueron los más viejos. Cuando Jesús se encontró solo con la mujer, que se había quedado allí, se enderezó y le preguntó: –Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado? Ella le contestó: –Ninguno, Señor. Jesús le dijo: –Tampoco yo te condeno; ahora vete y no vuelvas a pecar.

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4 abril 2017
Jn 8, 21-30
En aquel tiempo, Jesús dijo: -Yo me voy, y ustedes me van a buscar, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden ir.
Los judíos dijeron: -¿Acaso estará pensando en matarse, y por eso dice que no podemos ir a donde él va?
Jesús les dijo: -Ustedes son de aquí abajo, pero yo soy de arriba; ustedes son de este mundo, pero yo no soy de este mundo. Por eso les dije que morirán en sus pecados; porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados.
Entonces le preguntaron: -¿Quién eres tú?
Jesús les respondió: -En primer lugar, ¿por qué he de hablar con ustedes? Tengo mucho que decir y que juzgar de ustedes, pero el que me ha enviado dice la verdad, y lo que yo le digo al mundo es lo mismo que le he oído decir a él.
Pero ellos no entendieron que les hablaba del Padre. Por eso les dijo: -Cuando ustedes levanten en alto al Hijo del Hombre, reconocerán que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; solamente digo lo que le Padre me ha enseñado. Porque el que me ha enviado está conmigo; mi Padre no me ha dejado solo, porque yo siempre hago lo que a él le agrada.
Cuando Jesús dijo esto, muchos creyeron en él.

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5 abril 2017
Jn 8, 31-42
En aquel tiempo, Jesús les dijo a los judíos que habían creído en él: -Si ustedes se mantienen fieles a mi palabra, serán de veras mis discípulos; conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.
Ellos le contestaron: -Nosotros somos descendientes de Abraham, y nunca hemos sido esclavos de nadie; ¿cómo dices tú que seremos libres?
Jesús les dijo: -Les aseguro que todos los que pecan son esclavos del pecado. Un esclavo no pertenece para siempre a la familia; pero un hijo sí pertenece para siempre a la familia. Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán verdaderamente libres. Ya sé que ustedes son descendientes de Abraham; pero quieren matarme porque no aceptan mi palabra. Yo hablo de lo que le Padre me ha mostrado; así también ustedes, hagan lo que del Padre han escuchado.
Ellos le dijeron: -¡Nuestro padre es Abraham! Pero Jesús les contestó: -Si ustedes fueran de veras hijos de Abraham, harían lo que él hizo. Sin embargo, aunque les he dicho la verdad que Dios me ha enseñado, ustedes quieren matarme. ¡Abraham nunca hizo nada así! Ustedes hacen lo mismo que hace su padre.
Ellos le dijeron: -¡Nosotros no somos hijos bastardos; tenemos un solo Padre, que es Dios! Jesús les contestó: -Si de veras Dios fuera su padre, ustedes me amarían, porque yo vengo de Dios y aquí estoy. No he venido por mi propia cuenta, sino que Dios me ha enviado.

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6 abril 2017
Jn 8, 51-59
En aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: «Les aseguro que quien hace caso de mi palabra, no morirá.» Los judíos le contestaron: -Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham y todos los profetas murieron, y tú dices: “El que hace caso de mi palabra, no morirá.” ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham? Él murió, y los profetas también murieron. ¿Quién te has creído que eres?
Jesús les contestó: -Si yo me glorifico a mi mismo, mi gloria no vale nada. Pero el que me glorifica es mi Padre, el mismo que ustedes dicen que es su Dios. Pero ustedes no lo conocen. Yo sí lo conozco; y si dijera que no lo conozco, sería yo tan mentiroso como ustedes. Pero ciertamente lo conozco, y hago caso de su palabra.
Abraham, el antepasado de ustedes, se alegró porque iba a ver mi día; y lo vio, y se llenó de gozo.
Los judíos dijeron a Jesús: -Todavía no tienes cincuenta años, ¿y dices que has visto a Abraham?
Jesús les contestó: -Les aseguro que yo existo desde antes que existiera Abraham.
Entonces ellos tomaron piedras para arrojárselas; pero Jesús se escondió y salió del templo.

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7 abril 2017
Jn 10, 31-42
En aquel tiempo, los judíos volvieron a tomar piedras para tirárselas a Jesús, pero él les dijo: -Por el poder de mi Padre he hecho muchas cosas buenas delante de ustedes; ¿por cuál de ellas me van a apedrear?
Los judíos le contestaron: -No te vamos a apedrear por ninguna cosa buena que hayas hecho, sino porque tus palabras son una ofensa contra Dios. Tú no eres más que un hombre, pero te estás haciendo Dios a ti mismo.
Jesús les dijo –En la ley de ustedes está escrito: “Yo dije que ustedes son dioses.” Sabemos que lo que la Escritura dice, no se puede negar; y Dios llamó dioses a aquellas personas a quienes dirigió su mensaje. Y si Dios me consagró a mí y me envió al mundo, ¿cómo pueden ustedes decir que lo he ofendido porque dije que soy Hijo de Dios? Si yo no hago las obras que hace mi Padre, no me crean. Pero si las hago, aunque no me crean a mí, crean en las obras que hago, para que sepan de una vez por todas que el Padre está en mí y que yo estoy en el Padre.
Otra vez quisieron arrestarlo, pero Jesús se les escapó.
Regresó Jesús al otro lado del Jordán, y se quedó allí, en el lugar donde Juan había estado antes bautizando. Mucha gente fue a verlo, y decían: -De veras, aunque Juan no hizo ninguna señal milagrosa, todo lo que dijo de este hombre era verdad. Y muchos en aquel lugar creyeron en Jesús.

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8 abril 2017
Jn 11, 45-57
En aquel tiempo creyeron en Jesús muchos de los judíos que habían ido a acompañar a María y que vieron lo que él había hecho. Pero algunos fueron a ver a los fariseos, y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los fariseos y los jefes de los sacerdotes reunieron a la Junta Suprema, y dijeron: -¿Qué haremos? Este hombre está haciendo muchas señales milagrosas. Si lo dejamos, todos van a creer en él, y las autoridades romanas vendrán y destruirán nuestro templo y nuestra nación.
Pero uno de ellos, llamado Caifás, que era el sumo sacerdote aquel año, les dijo: -Ustedes no saben nada, ni se dan cuenta de que es mejor para ustedes que muera un solo hombre por el pueblo, y no que toda la nación sea destruida.
Pero Caifás no dijo esto por su propia cuenta, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, dijo proféticamente que Jesús iba a morir por la nación judía; y no solamente por esta nación, sino también para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos. Así que desde aquel día las autoridades judías tomaron la decisión de matar a Jesús.
Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que salió de la región de Judea y se fue a un lugar cerca del desierto, a un pueblo llamado Efraín. Allí se quedó con sus discípulos.
Faltaba poco para la fiesta de la Pascua de los judíos, y mucha gente de los pueblos se dirigía a Jerusalén a celebrar los ritos de purificación antes de la Pascua. Andaban buscando a Jesús, y se preguntaban unos a otros en el templo: -¿Qué les parece? ¿Vendrá a la fiesta o no? Los fariseos y los jefes de los sacerdotes habían dado orden de que, si alguien sabía dónde estaba Jesús, lo dijera, para poder arrestarlo.

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9 abril 2017 - DOMINGO DE RAMOS -
Mateo 26, 3-5.14—27, 66 (Lectura de la Pasión)
Por aquel tiempo, los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se reunieron en el palacio de Caifás, el sumo sacerdote, e hicieron planes para arrestar a Jesús mediante algún engaño, y matarlo.
Pero decían: -No durante la fiesta, para que no se alborote la gente.
Uno de los doce discípulos, el que se llamaba Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes y les dijo: - ¿Cuánto me quieren dar, y yo les entrego a Jesús? Ellos le pagaron treinta monedas de plata. Y desde entonces Judas anduvo buscando el momento más oportuno para entregarles a Jesús. El primer día de la fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: - ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Él les contestó: -Vayan a la ciudad, a casa de Fulano, y díganle: “El Maestro dice: Mi hora está cerca, y yo voy a tu casa a celebrar la Pascua con mis discípulos.”  Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y prepararon la cena de la Pascua. Cuando llegó la noche, Jesús estaba a la mesa con los discípulos y mientras comían, les dijo: -Les aseguro que  uno de ustedes me va a traicionar. Ellos se pusieron muy tristes,  y comenzaron a preguntarle uno tras otro: -Señor ¿acaso seré yo? Jesús les contestó: -Uno que moja el pan en el mismo plato que yo, va a traicionarme. El Hijo del hombre ha de recorrer el camino que dicen las Escrituras; pero ¡ay de aquel que lo traiciona!  Hubiera sido mejor para él no haber nacido.
Entonces Judas, el que lo estaba traicionando, le preguntó: -Maestro, ¿acaso seré yo?  -Tú lo has dicho- contestó Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó en sus manos el pan y, habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio a los discípulos diciendo: -Tomen y coman, esto es mi cuerpo.
Luego tomó en sus manos una copa y, habiendo dado gracias a Dios, se la pasó a ellos, diciendo:  -Beban todos ustedes de esta copa, porque esto es mi sangre, con la que se confirma la alianza, sangre que es derramada en favor de muchos para perdón de sus pecados. Pero les digo que no volveré a beber de este producto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre.
Después de cantar los salmos, se fueron al Monte de los Olivos. Y Jesús les dijo: -Todos ustedes van a perder su fe en mí esta noche. Así lo dicen las escrituras: “Mataré al pastor, y las ovejas se dispersarán.” Pero cuando yo resucite, los volveré a  reunir en Galilea.
Pedro le contestó: -Aunque todos pierdan su fe en ti, yo no la perderé. Jesús le dijo: -Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces.
Pedro afirmó: -Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos decían lo mismo.
Luego fue Jesús con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní, y les dijo: -Siéntense aquí, mientras yo voy allí a orar.
Y se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a sentirse muy triste y angustiado. Les dijo: -Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense ustedes aquí, y permanezcan despiertos conmigo.
Enseguida Jesús se fue un poco más adelante, se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, y oró diciendo: «Padre mío, si es posible, líbrame de este trago amargo; pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.»
Luego volvió a donde estaban los discípulos, y los encontró dormidos. Le dijo a Pedro: -¿Ni siquiera una hora pudieron ustedes mantenerse despiertos conmigo? Manténganse despiertos y oren, para que no caigan en tentación. Ustedes tienen buena voluntad, pero son débiles.
Por segunda vez se fue, y oró así: «Padre mío, si no es posible evitar que yo sufra esta prueba, hágase tu voluntad.» Cuando volvió, encontró otra vez dormidos a los discípulos, porque sus ojos se les cerraban de sueño. Los dejó y se fue a orar por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Entonces regresó a donde estaban los discípulos, y les dijo: -¿Siguen ustedes durmiendo y descansando? Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levántense, vámonos; ya se acerca el que me traiciona.
Todavía estaba hablando Jesús, cuando Judas uno de los doce discípulos, llegó acompañado de mucha gente armada con espadas y con palos. Iban de parte de los jefes de los sacerdotes y de los ancianos del pueblo. Judas, el traidor, les había dado una contraseña, diciéndoles: «Al que yo bese, ése es; arréstenlo.» Así que, acercándose a Jesús dijo: -¡Buenas noches, Maestro! Y lo besó. Jesús le contestó: -Amigo, adelante con tus planes.
Entonces los otros se acercaron, echaron mano a Jesús y lo arrestaron. En eso, uno de los que estaban con Jesús sacó su espada y le cortó una oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo: -Guarda tu espada en su lugar. Porque todos los que pelean con la espada, también a espada morirán. ¿No sabes que yo podría rogarle a mi Padre, y él me mandaría ahora mismo más de doce ejércitos de ángeles? Pero en ese caso, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, que dice que debe suceder así?
En seguida Jesús preguntó a la gente: -¿Por qué han venido ustedes con espadas y con palos a arrestarme, como si yo fuera un bandido? Todos los días he estado enseñando en el templo, y nunca me arrestaron. Pero todo esto sucede para que se cumpla lo que dijeron los profetas en las Escrituras.
En aquel momento, todos los discípulos dejaron sólo a Jesús y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo llevaron a la casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde los maestros de la ley y los ancianos estaban reunidos. Pedro lo siguió de lejos hasta el patio de la casa del sumo sacerdote. Entró, y se quedó sentado con los guardianes del templo, para ver en qué terminaría todo aquello.
Los jefes de los sacerdotes y toda la Junta Suprema buscaban alguna prueba falsa para condenar a muerte a Jesús, pero no la encontraron, a pesar de que muchas personas se presentaron y lo acusaron falsamente. Por fin se presentaron dos más, que afirmaron: -Este hombre dijo: “Yo puedo destruir el templo de Dios y volver a levantarlo en tres días.” Entonces el sumo sacerdote se levantó y preguntó a Jesús: -¿No contestas nada? ¿Qué es esto que están diciendo contra ti?
Pero Jesús se quedó callado. El sumo sacerdote le dijo: -En el nombre del Dios viviente te ordeno que digas la verdad. Dinos si tú eres el Mesías el Hijo de Dios. Jesús le contestó: -Tú lo has dicho. Y yo les digo también que ustedes van a ver al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y viniendo en las nubes del cielo.
Entonces el sumo sacerdote se rasgó las ropas en señal de indignación, y dijo: -¡Las palabras de este hombre son una ofensa contra Dios! ¿Qué necesidad tenemos de más testigos? Ustedes han oído sus palabras ofensivas; ¿qué les parece? Ellos contestaron: -Es culpable, y debe morir.
Entonces le escupieron en la cara y lo golpearon, Otros le pegaron en la cara, diciéndole: -Tú que eres el Mesías, ¡adivina quién te pegó!
Pedro, entre tanto, estaba sentado afuera, en el patio. En esto, una sirvienta se le acercó y le dijo: -Tú también andabas con Jesús, el de Galilea. Pero Pedro lo negó delante de todos, diciendo: -No sé de qué estás hablando.
Luego se fue a la puerta, donde otra lo vio y dijo a los demás: -Ése andaba con Jesús, el de Nazaret. De nuevo Pedro lo negó, jurando: -¡No conozco a ese hombre!
Poco después, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: -Seguro que tú también eres uno de ellos. Hasta en tu manera de hablar se nota. Entonces él comenzó a jurar y perjurar, diciendo: ¡No conozco a ese hombre!
En aquel mismo momento cantó un gallo, y Pedro se acordó de que Jesús le había dicho: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y salió Pedro de allí, y lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los jefes de los sacerdotes y los ancianos de los judíos se pusieron de acuerdo en un plan para matar a Jesús. Lo llevaron atado y se lo entregaron a Pilato, el gobernador romano.
Judas, el que había traicionado a Jesús, al ver que lo habían condenado, tuvo remordimientos y devolvió las treinta monedas de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos, diciéndoles –He pecado entregando a la muerte a un hombre inocente. Pero ellos le contestaron: -¿Y eso qué nos importa a nosotros? ¡Eso es cosa tuya!
Entonces Judas arrojó las monedas en el templo, y se fue y se ahorcó.
Los jefes de los sacerdotes recogieron aquel dinero, y dijeron: -Este dinero está manchado de sangre; no podemos ponerlo en el cofre de las ofrendas. Así que tomaron el acuerdo de comprar con él un terreno llamado el Campo del Alfarero, para tener un lugar donde enterrar a los extranjeros. Por eso, aquel terreno se llama hasta el día de hoy Campo de Sangre. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Jeremías: «tomaron las treinta monedas de plata, el precio que los israelitas le habían puesto, y con ellas compraron el campo del alfarero, tal como me lo ordenó el Señor.»
Jesús fue llevado ante el gobernador, que le preguntó: -¿Eres tú el rey de los judíos? –Tú lo has dicho –contestó Jesús.
Mientras los jefes de los sacerdotes y los ancianos lo acusaban, Jesús no respondía nada. Por eso Pilato le preguntó: -¿No oyes todo lo que están diciendo contra ti? Pero Jesús no le contestó ni una sola palabra; de manera que el gobernador se quedó muy extrañado.
Durante la fiesta, el gobernador acostumbraba dejar libre un preso, el que la gente escogiera. Había entonces un preso famoso llamado Jesús Barrabás; y estando ellos reunidos, Pilato les preguntó: -¿A quién quieren ustedes que les ponga en libertad: a Jesús Barrabás, o a Jesús, el que llaman el Mesías?
Porque se había dado cuenta de que lo habían entregado por envidia. Mientras Pilato estaba sentado en el tribunal, su esposa mandó a decirle: «No te metas con ese hombre justo, porque anoche tuve un sueño horrible por causa suya.»
Pero los jefes de los sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud de que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador les preguntó otra vez: -¿A cuál de los dos quieren ustedes que les ponga en libertad? Ellos dijeron: -¡A Barrabás!
Pilato les preguntó: -¿Y qué voy a hacer con Jesús, el que llaman el Mesías? Todos contestaron: -¡Crucifícalo! Pilato les dijo: -Pues, ¿qué mal ha hecho? Pero ellos volvieron a gritar: -¡Crucifícalo!
Cuando Pilato vio que no conseguía nada, sino que el alboroto era cada vez mayor, mandó traer agua y se lavó las manos delante de todos, diciendo: -Yo no soy responsable de la muerte de este hombre; es cosa de ustedes. Toda la gente contestó: -¡Nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de su muerte!
Entonces Pilato dejó libre a Barrabás; luego mandó a azotar a Jesús y lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al palacio y reunieron toda la tropa alrededor de él. Le quitaron su ropa, lo vistieron con una capa roja y le pusieron en la cabeza una corona tejida de espinas y una vara en la mano derecha. Luego se arrodillaron delante de él, y burlándose le decían: -¡Viva el Rey de los judíos!
También lo escupían, y con la misma vara le golpeaban la cabeza. Después de burlarse así de él, le quitaron la capa roja, le pusieron su propia ropa y se lo llevaron para crucificarlo.
Al salir de allí, encontraron a un hombre llamado Simón, natural de Cirene, a quien obligaron a cargar con la cruz de Jesús. Cuando llegaron a un sitio llamado Gólgota, (es decir, «Lugar de la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero Jesús, después de probarlo, no lo quiso beber.
Cuando ya lo habían crucificado, los soldados echaron suertes para repartirse entre sí la ropa de Jesús. Luego se sentaron allí para vigilarlo. Y por encima de su cabeza pusieron un letrero, donde estaba escrita la causa de su condena. El letrero decía: «Éste es Jesús, el Rey de los judíos.»
También fueron crucificados con él dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Los que pasaban lo insultaban, meneando la cabeza y diciendo: -¡Tú ibas a derribar el templo y a reconstruirlo en tres días! ¡Si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y bájate de la cruz!
De la misma manera se burlaban de él los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, junto con los ancianos. Decían: -Salvó a otros, pero a sí mismo no puede salvarse. Es el Rey de Israel: ¡pues que baje de la cruz, y creeremos en él! Ha puesto su confianza en Dios: ¡pues que Dios lo salve ahora, si de veras lo quiere! ¿No nos ha dicho que es Hijo de Dios?
Y hasta los bandidos que estaban crucificados con él, lo insultaban.
Desde el mediodía y hasta las tres de la tarde, toda la tierra quedó en oscuridad. A esa misma hora, Jesús gritó con fuerza: «Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?» (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») Algunos de los que estaban allí, lo oyeron y dijeron: -Éste está llamando al profeta Elías.
Al momento, uno de ellos fue corriendo en busca de una esponja, la empapó en vino agrio, la ató a una caña y se la acercó para que bebiera. Pero los otros dijeron: -Déjalo, a ver si Elías viene a salvarlo. Jesús dio otra vez un fuerte grito, y murió. En aquel momento el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló, las rocas se partieron y los sepulcros se abrieron; y hasta muchas personas santas, que habían muerto, volvieron a la vida. Entonces salieron de sus tumbas, después de la resurrección de Jesús, y entraron en la santa ciudad de Jerusalén, donde mucha gente los vio.
Cuando el capitán y los que estaban con él vigilando a Jesús vieron el terremoto y todo lo que estaba pasando, se llenaron de miedo y dijeron: -¡De veras este hombre era Hijo de Dios!
Estaban allí, mirando de lejos, muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea y que lo habían ayudado. Entre ellas se encontraban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
Cuando ya anochecía, llegó un hombre rico llamado José, natural de Arimatea, que también se había hecho seguidor de Jesús. José fue a ver a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo dieran, y José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana de lino limpia y lo puso en un sepulcro nuevo, de su propiedad, que había hecho cavar en la roca. Después de tapar la entrada del sepulcro con una gran piedra, se fue. Pero María Magdalena y la otra María se quedaron sentadas frente al sepulcro.
Al día siguiente, es decir, el sábado, los jefes de los sacerdotes y los fariseos fueron juntos a ver a Pilato, y le dijeron: -Señor, recordamos que aquel mentiroso, cuando aún vivía, dijo que después de tres días iba a resucitar. Por eso, mande usted asegurar el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos y roben el cuerpo, y después digan a la gente que  ha resucitado. En tal caso, la última mentira sería peor que la primera. Pilato les dijo: -Ahí tienen ustedes soldados de guardia. Vayan y aseguren el sepulcro lo mejor que puedan.
Fueron, pues, y aseguraron el sepulcro poniendo un sello sobre la piedra que lo tapaba; y  dejaron allí los soldados de guardia.

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10 abril 2017 - Lunes SANTO
Jn 12, 1-11
Seis días antes de la Pascua, Jesús fue a Betania, donde vivía Lázaro, a quien él había resucitado. Allí hicieron una cena en honor de Jesús; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaba a la mesa comiendo con él. María trajo unos trescientos gramos de perfume de nardo, puro, muy caro, y perfumó los pies de Jesús; luego se los secó con sus cabellos. Y toda la casa se llenó del aroma del perfume. Entonces Judas Iscariote, que era aquel de los discípulos que iba a traicionar a Jesús, dijo: - ¿Por qué no se ha vendido este perfume por el equivalente al salario de trescientos días, para ayudar a los pobre? Pero Judas no dijo esto porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón y como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba de lo que echaban en ella. Jesús le dijo: -Déjala, pues lo estaba guardando para el día de mi entierro. A los pobres siempre los tendrán entre ustedes, pero a mí no siempre me tendrán.
Muchos de los judíos se enteraron de que Jesús estaba en Betania, y fueron allá, no solo para ver a Jesús sino también Lázaro, a quien Jesús había resucitado. Entonces los jefes de los sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque por causa suya muchos judíos se estaban separando de ellos para creer en Jesús.

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11 abril 2017 - Martes SANTO
Jn 13, 21-33. 36-38
En aquel tiempo, Jesús se sintió profundamente conmovido, y dijo con toda claridad: - les aseguro que uno de ustedes me va a traicionar.
Los discípulos comenzaron entonces a mirarse unos a otros, sin saber de quien estaba hablando. Uno de ellos, a quien Jesús quería mucho, estaba junto a él, mientras cenaban, y Simón Pedro le dijo pro señas que le preguntara de quien estaba hablando. Él acercándose más a Jesús, le preguntó: - Señor ¿quién es? Jesús le contesto: - voy a mojar un pedazo de pan, y a quien se lo dé, ese es.
Enseguida mojó un pedazo de pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y tan pronto como Judas recibió el pan, Satanás entró en su corazón. Jesús le dijo: -Lo que vas a hacer, hazlo pronto.
Pero ninguno de los que estaban cenando a la mesa entendió por qué le decía eso. Como Judas era el encargado de la bolsa del dinero, algunos pensaron que Jesús le quería decir que comprara algo para la fiesta, o que diera algo a los pobres. Una vez que Judas hubo recibido el pan, salió. Ya era de noche.
Después que Judas hubo salido, Jesús dijo: - Ahora se muestra la gloria del Hijo del hombre, y la gloria de Dios se muestra en él. Y si el Hijo del hombre muestra la gloria de Dios, también mostrará la gloria de él; y lo hará pronto. Hijitos míos, ya no estaré con ustedes mucho tiempo. Ustedes me buscaran, pero lo mismo que les dije a los judíos les digo ahora a ustedes: No podrán ir donde yo voy.
Simón Pedro le preguntó a Jesús: - Señor, ¿a dónde vas? -A donde yo voy – le contestó Jesús-, no puedes seguirme ahora; pero me seguirás después. Pedro le dijo: -Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? ¡Estoy dispuesta a dar mi vida por ti! Jesús le respondió: - ¿De veras estás dispuesto a dar tu vida por mí? Pues te aseguro que antes que cante el gallo, me negarás tres veces.

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12 abril 2017 - Miércoles SANTO -
Mt 26, 14-25
En aquel tiempo, uno de los doce discípulos, el que se llamaba Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes y les dijo: - ¿Cuánto me quieren dar, y yo les entrego a Jesús? Ellos le pagaron treinta monedas de plata. Y desde entonces Judas anduvo buscando el momento más oportuno para entregarles a Jesús. El primer día de la fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: - ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua? Él les contestó: -Vayan a la ciudad, a casa de Fulano, y díganle: “El Maestro dice: Mi hora está cerca, y yo voy a tu casa a celebrar la Pascua con mis discípulos.” Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y prepararon la cena de la Pascua. Cuando llegó la noche, Jesús estaba a la mesa con los discípulos y mientras comían, les dijo: -Les aseguro que uno de ustedes me va a traicionar. Ellos se pusieron muy tristes, y comenzaron a preguntarle uno tras otro: -Señor ¿acaso seré yo? Jesús les contestó: -Uno que moja el pan en el mismo plato que yo, va a traicionarme. El Hijo del hombre ha de recorrer el camino que dicen las Escrituras; pero ¡ay de aquel que lo traiciona! Hubiera sido mejor para él no haber nacido.
Entonces Judas, el que lo estaba traicionando, le preguntó: -Maestro, ¿acaso seré yo? -Tú lo has dicho- contestó Jesús.

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13 abril 2017 - Jueves SANTO de la Cena del Señor -
Jn 13, 1-15
Antes de la fiesta de la Pascua Jesús sabía que había llegado la hora de que él dejaría este mundo para ir a reunirse con el Padre. Él siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin.
El diablo ya había metido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la idea de traicionar a Jesús. Jesús sabía que había venido de Dios, que iba a volver a Dios, y que el Padre le había dado toda autoridad; así que, mientras estaba cenando, se levantó de la mesa, se quitó la capa, se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura.
Cuando iba a lavarle los pies a Simón Pedro, este le dijo: -Señor ¿tú me vas a lavar los pies a mí? Jesús le contestó: -Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, pero después lo entenderás. Pedro le dijo: - ¡Jamás permitiré que me laves los pies! Respondió Jesús: -Si no te los lavo, no podrás ser de los míos.
Simón Pedro le dijo: - ¡Entonces, Señor, no me laves solamente los pies, sino también las manos y la cabeza! Pero Jesús le contestó: - El que está recién bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está todo limpio. Y ustedes están todos limpios aunque no todos.
Dijo: “No están limpios todos”, porque sabía quién lo iba a traicionar. Después de lavarles los pies, Jesús volvió a ponerse la capa, se sentó otra vez a la mesa y les dijo: -¿Entienden ustedes lo que les he hecho? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y Señor, les he lavado a ustedes los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo les he hecho.

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14 abril 2017 - Viernes SANTO de la Pasión del Señor -
Jn 18, 1—19, 42
En aquel tiempo, Jesús salió con sus discípulos al otro lado del arroyo Cedrón. Allí había un huerto donde Jesús entró con sus discípulos. También Judas, el que lo estaba traicionando, conocía el lugar, porque muchas veces Jesús se había reunido allí con sus discípulos. Así que Judas llegó con una tropa de soldados y algunos guardianes del templo enviados por los jefes de los sacerdotes y por los fariseos. Estaban armados, y llevaban lámparas y antorchas. Pero como Jesús ya sabía todo lo que le iba a pasar, salió y les preguntó: - ¿A quién buscan? Ellos le contestaron: - A Jesús de Nazaret. Jesús dijo: -Yo soy. Judas, el que lo estaba traicionando, se encontraba allí con ellos. Cuando Jesús les dijo: “Yo soy”, se echaron hacia atrás y cayeron al suelo. Jesús volvió a preguntarles: - ¿A quién buscan? Y ellos repitieron: - A Jesús de Nazaret. Jesús les dijo otra vez: -Ya les he dicho que yo soy. Si me buscan a mí, dejen que estos otros se vayan.
Esto sucedió para que se cumpliera lo que Jesús mismo había dicho: “Padre, de los que me diste, no se perdió ninguno”. Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la sacó y le cortó la oreja derecha a uno llamado Malco, que era criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo a Pedro: - Vuelve a poner la espada en su lugar. Si el Padre me da a beber este trago amargo, ¿acaso no habré de beberlo?
Los soldados de la tropa, con su comandante y los guardianes judíos del templo, arrestaron a Jesús a Jesús a lo ataron. Lo llevaron primero a la casa de Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año. Este Caifás era el mismo que había dicho a los judíos que era mejor que un solo hombre muriera por el pueblo.
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. El otro discípulo era conocido del sumo sacerdote, de modo que entró con Jesús en la casa; pero Pedro se quedó afuera, a la puerta. Por esto, el discípulo conocido del sumo sacerdote salió y habló con la portera, e hizo entrar a Pedro. La portea le preguntó a Pedro: - ¿No eres tú uno de los discípulos de ese hombre? Pedro contestó: - No, no lo soy. Como hacía frío, los criados y los guardianes del templo habían hecho fuego, y estaban allí calentándose. Pedro también estaba con ellos, calentándose junto al fuego.
El sumo sacerdote comenzó a preguntarle a Jesús acerca de sus discípulos y de lo que él enseñaba. Jesús le dijo: - Yo he hablado públicamente delante de todo el mundo; siempre he enseñado en las sinagogas y en el templo, donde se reúnen todos los judíos; así que no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregúntales a los que me han escuchado, y que ellos digan de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho.
Cuando Jesús dijo esto, uno de lo guardianes del templo le dio una bofetada, diciéndole: - ¿Así contestas al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he dicho algo malo, dime en qué ha consistido; y si lo que dicho está bien, ¿por qué me pegas? Entonces Anás lo envío, atado a Caífas, el sumo sacerdote.
Entre tanto, Pedro seguía allí, calentándose junto al fuego. Le preguntaron: - ¿No eres tú uno de los discípulos de ese hombre? Pedro lo negó, diciendo: - No, no lo soy.
Luego le preguntaron uno de los criados del sumo sacerdote, pariente del hombre a quien Pedro le había cortado la oreja: - ¿No te vi con él en el huerto? Pedro lo negó otra vez, y en ese mismo instante cantó el gallo.
Llevaron a Jesús de la casa de Caifás al palacio del gobernador romano. Como ya comenzaba a amanecer, los judíos no entraron en el palacio, pues de lo contrario faltarían a las leyes sobre la pureza ritual y entonces no podrían comer la cena de Pascua. Por eso Pilato salió a hablarles. Les dijo: - ¿De qué acusan a este hombre? - si no fuera un criminal – le contestaron -, no te lo habríamos entregado.
Pilato les dijo: - Llévenselo ustedes, y júzguenlo conforme a su propia ley. Pero las autoridades judías contestaron: -Los judíos no tenemos el derecho de dar muerte a nadie.
Así se cumplió lo que Jesús había dicho sobre la manera en que tendría que morir. Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: -¿Eres tú el Rey de los judíos?
Jesús le dijo: - ¿Eso lo preguntas tú por tu cuenta, o porque otros te lo han dicho de mí?
Le contestó Pilato: -¿Acaso yo soy judío? Los de tu nación y los jefes de los sacerdotes son lo que te han entregado a mí ¿Qué has hecho?
Jesús le contestó: Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, tendría gente a mi servicio que pelearía para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí. 
Le preguntó entonces Pilato: - ¿Así que tú eres rey? Jesús le contestó: -Tú lo has dicho: soy rey. Yo nací y vine al mundo para decir lo que es la verdad. Y todos los que pertenecen a la verdad, me escuchan. 
Pilato le dijo: -¿Y qué es la verdad?
Después de hacer esta pregunta, Pilato salió otra vez a hablar con los judíos, y les dijo: -Yo no encuentro ningún delito en este hombre. Pero ustedes tienen la costumbre de que yo les suelte un preso durante la fiesta de la Pascua: ¿quieren que les deje libre al Rey de los judíos?
Todos volvieron a gritar: - ¡A ése no! ¡Suelta a Barrabás! Y Barrabás era un bandido.
Pilato tomó entonces a Jesús y mandó a azotarlo. Los soldados trenzaron una corona de espinas, la pusieron en la cabeza de Jesús y lo vistieron con una capa de color rojo oscuro. Luego se acercaron a él diciendo: ¡Viva el Rey de los judíos! Y le pegaban en la cara. Pilato volvió a salir, y les dijo: -Miren, aquí lo traigo, para que se den cuenta de que no encuentro en él ningún delito. Salió, pues, Jesús, con la corona de espinas en la cabeza y vestido con aquella capa de color rojo oscuro. Pilato dijo: - ¡Ahí tienen a este hombre!
Cuando lo vieron los jefes de los sacerdotes y los guardianes del templo, comenzaron a gritar: -¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!
Pilato les dijo: - Pues llévenselo y crucifíquenlo ustedes,, porque yo no encuentro ningún delito en él.
Las autoridades judías le contestaron: -Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se a hecho pasar por Hijo de Dios.
Al oír esto, Pilato tuvo más miedo todavía. Entró de nuevo en el palacio y le preguntó a Jesús: - ¿De dónde eres tú?
Pero Jesús no le contestó nada. Pilato le dijo: -¿Es que no me vas contestar? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, lo mismo que para ponerte en libertad?
Entonces Jesús le contesto: -No tendrías ninguna autoridad sobre mí, si Dios no te lo hubiera permitido; por eso, el que me entregó a ti es culpable de pecado que tú.
Desde aquel momento, Pilato buscaba la manera de dejar libre a Jesús; pero los judíos le gritaron: - ¡Si lo dejas libre, no eres amigo del emperador! ¡Cualquiera que se hace rey, es enemigo del emperador!
Pilato, al oír esto, sacó a Jesús, y luego se sentó en el tribunal, en el lugar que en hebreo se llamaba Gabatá, que quiere decir El Empedrado. Era el día antes de la Pascua, como al mediodía. Pilato dijo a los judíos: -¡Ahí tienes a su rey!
Pero ellos gritaron: - ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!
Pilato les preguntó: -¿Acaso voy a crucificar a su rey?
Y los jefes de los sacerdotes le contestaron: - ¡Nosotros no tenemos más rey que el emperador!
Entonces Pilato les entregó a Jesús para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron.
Jesús salió llevando su cruz, para ir al llamado “Lugar de la Calavera” (que en hebreo se llama Gólgota). Allí lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, quedando Jesús en el medio. Pilato escribió un letrero que decía: “Jesús de Nazaret, Rey de los judíos”, y lo mandó poner sobre la cruz. Muchos judíos leyeron aquel letrero, porque el lugar donde crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad, y el letrero estaba escrito en hebreo, latín y griego. Por eso, los jefes de los sacerdotes judíos dijeron a Pilato: - No escribas “Rey de los judíos”, sino escribe: “El que dice ser Rey de lo judíos”.
Pero Pilato le contesto: - Lo que he escrito, escrito lo dejo.
Después que los soldados crucificaron a Jesús, recogieron su ropa y la repartieron en cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también la túnica, pero como era sin costura, tejida de arriba abajo de una sola pieza, los soldados se dijeron unos a otros: -No la rompamos, sino echémosla a suertes, a ver a quien le toca.
Así se cumplió la escritura que dice: “Se repartieron entre sí mi ropa, y echaron a suertes mi túnica.” Esto fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre, y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre: - Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego le dijo al discípulo: - Ahí tienes a tu madre. Desde entonces, ese discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, como Jesús sabía que ya todo se había cumplido, y para que se cumpliera la Escritura, dijo: - Tengo sed. Había allí un vaso de vino agrio. Empaparon una esponja en el vino, la ataron a una rama de hisopo y se la aceraron a la boca. Jesús bebió el vino agrio, y dijo: - Todo está cumplido.
Luego inclinó la cabeza y entregó el espíritu.
Era el día antes de la Pascua, y los judíos no querían que los cuerpos quedaran en las cruces durante el sábado, pues precisamente aquel sábado era muy solemne. Por eso le pidieron a Pilato que ordenara quebrar las piernas a los crucificados y que quitaran de allí los cuerpos. Los soldados fueron entonces y le quebraron las piernas al primero, y también al otro que estaba crucificado junto a Jesús. Pero al acercarse a Jesús, vieron que ya estaba muerto. Por eso no le quebraron las piernas. Sin embargo, uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua. El que cuenta esto es uno que lo vio, y dice la verdad; él sabe que dice la verdad, para que ustedes también crean. Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura que dice: “No le quebrarán ningún hueso.” Y en otra parte, la Escritura dice: “Mirarán al que traspasaron.
Después de esto, José, el de Arimatea, pidió permiso a Pilato para llevarse el cuerpo de Jesús. José era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a las autoridades judías. Pilato le dio permiso, y José fue y se llevó el cuerpo. También Nicodemo, el que una noche fue a hablar con Jesús, llegó con unos treinta kilos de un perfume, mezcla de mirra y áloe. Así pues, José y Nicodemo tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas empapadas en aquel perfume, según la costumbre que siguen los judíos para enterrar a los muertos. En el lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo donde todavía no habían puesto a nadie. Allí pusieron el cuerpo de Jesús, porque el sepulcro estaba cerca y porque ya iba a empezar el sábado de los judíos.

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15 abril 2017 -Sábado Santo - VIGILIA PASCUAL
Mt 28, 1-10
Pasado el sábado, cuando al anochecer comenzaba el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto hubo un fuerte temblor de tierra, porque un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose al sepulcro, quitó la piedra que lo tapaba y se sentó sobre ella. El ángel brillaba como un relámpago, y su ropa era blanca como la nieve. Al verlo, los soldados temblaron de miedo y quedaron como muertos.
El ángel dijo a las mujeres: -No tengan miedo. Yo sé que están buscando a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, sino que ha resucitado como dijo. Vengan a ver el lugar donde lo pusieron. Vayan pronto y digan a los discípulos: "Ha resucitado, y va a Galilea para reunirlos de nuevo; allí lo verán."  Esto es lo que yo tenía que decirles.
Las mujeres se fueron rápidamente del sepulcro, con miedo y mucha alegría a la vez, corrieron a llevar la noticia a los discípulos. En eso, Jesús se presentó ante ellas y las saludó. Ellas se acercaron a Jesús y los adoraron,  abrazándole los pies, y él les dijo: - No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán.

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16 abril 2017 - DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN -
Jn 20, 1-9
El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro; y vio quitada la piedra que tapaba la entrada. Entonces se fue corriendo a donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús quería mucho, y les dijo: -¡Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto!
Pedro y el otro discípulo salieron corriendo y fueron al sepulcro. Los dos iban corriendo juntos; pero el otro corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se agachó a mirar, y vio allí las vendas, pero no entró. Detrás de él llegó Pedro, entró en el sepulcro. Él también vio allí las vendas; y además vio que la tela que había servido para envolver la cabeza de Jesús no estaba junto a las vendas, sino enrollada y puesta aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio lo que había pasado, y creyó. Pues todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que él tenía que resucitar.

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17 abril 2017 - Lunes de la octava de Pascua -
Mt 28, 8-15
En aquel tiempo, las mujeres se fueron rápidamente del sepulcro, con miedo y mucha alegría a la vez, corrieron a llevar la noticia a los discípulos. En eso, Jesús se presentó ante ellas y las saludó. Ellas se acercaron a Jesús y los adoraron, abrazándole los pies, y él les dijo: -No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allá me verán.
Mientras iban las mujeres, algunos soldados de la guardia llegaron a la ciudad y contaron a los jefes de los sacerdotes todo lo que había pasado. Estos jefes fueron a hablar con los ancianos, para ponerse de acuerdo con ellos. Y dieron mucho dinero a los soldados, a quienes advirtieron: -Ustedes digan que durante la noche, mientras ustedes dormían, los discípulos de Jesús vinieron y robaron el cuerpo. Y si el gobernador se entera de esto, nosotros lo convenceremos, y a ustedes les evitaremos dificultades.
Los soldados recibieron el dinero e hicieron lo que se les había dicho. Y ésta es la explicación que hasta el día de hoy circula entre los judíos.

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18 abril 2017 - Martes de la octava de Pascua -
Jn 20, 11-18
En aquel tiempo, afuera, junto al sepulcro, estaba María llorando. Y llorando como estaba, se agachó para mirar dentro, y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús; uno a la cabecera y otro a los pies. Los ángeles le preguntaron: -Mujer, ¿por qué lloras?
Ella les dijo: -Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto.
Apenas dijo esto, volvió la cara y vio allí a Jesús, pero no sabía que era él. Jesús le preguntó: -Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
Ella, pensando que era el que cuidaba el huerto, le dijo: -Señor, si usted se lo ha llevado, dígame donde lo ha puesto, para que yo vaya a buscarlo.
Jesús entonces le dijo: -¡María! Ella se volvió y le dijo en hebreo: -¡Rabuni! (que quiere decir: “Maestro”).
Jesús le dijo: -No me retengas, porque todavía no he ido a reunirme con mi Padre. Pero ve y di a mis hermanos que voy a reunirme con el que es mi Padre y Padre de ustedes, mi Dios y Dios de ustedes.
Entonces María Magdalena fue y contó a los discípulos que había visto al Señor, y también les contó lo que él le había dicho.

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19 abril 2017 - Miércoles de la octava de Pascua -
Lc 24, 13-35
En aquel tiempo, dos de los discípulos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Iban hablando de todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos. Pero aunque lo veían, algo les impedía darse cuenta de quién era, Jesús les preguntó: -¿De qué van hablando ustedes por el camino? 
Se detuvieron tristes, y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, contestó: -¿Eres tú el único que ha estado alojado en Jerusalén y que no sabe lo que ha pasado allí estos días?
Él les preguntó: -¿Qué ha pasado? Le dijeron: -Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. Nosotros teníamos la esperanza de que él sería el que había de libertar a la nación de Israel. Pero ya hace tres días que pasó todo eso. Aunque algunas de las mujeres que están con nosotros nos han asustado, pues fueron de madrugada al sepulcro, y como no encontraron el cuerpo, volvieron, a casa. Y cuentan que unos ángeles se les han aparecido y les han dicho que Jesús vive. Algunos de nuestros compañeros fueron después al sepulcro y lo encontraron tal como las mujeres habían dicho, pero a Jesús no lo vieron.
Entonces Jesús les dijo: -¡Qué faltos de comprensión son ustedes y qué lentos para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?
Luego se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él comenzando por los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros de los profetas.
Al llegar al pueblo adonde se dirigían, Jesús hizo como que iba a seguir adelante. Pero ellos lo obligaron a quedarse, diciendo: -Quédate con nosotros, porque ya es tarde. Se está haciendo de noche.
Jesús entró, pues, para quedarse con ellos. Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús; pero él desapareció. Y se dijeron el uno al otro: -¿No es verdad que el corazón nos ardía en el pecho cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Sin esperar más, se pusieron en camino y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once apóstoles y a sus compañeros, que les dijeron: -De veras ha resucitado el Señor, y se le ha aparecido a Simón.
Entonces ellos dos les contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo reconocieron a Jesús cuando partió el pan.

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20 abril 2017 - Jueves de la octava de Pascua -
Lc 24, 35-48
En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado en el camino, y cómo habían reconocido a Jesús cuando partió el pan.
Estaban todavía hablando de estas cosas, cuando Jesús se puso en medio de ellos y los saludó diciendo: -Paz a ustedes.
Ellos se asustaron mucho, pensando que estaban viendo un espíritu.
Pero Jesús les dijo: -¿Por qué están asustados? ¿Por qué tienen esas dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne ni huesos, como ustedes ven que tengo yo.
Al decirles esto, les enseñó las manos y pies. Pero como ellos no acababan de creerlo, a causa de la alegría y el asombro que sentían, Jesús les preguntó: -¿Tienen aquí algo que comer?
Le dieron un pedazo de pescado asado, y él lo aceptó y lo comió en su presencia. Luego les dijo: -Lo que me ha pasado es aquello que les anuncié cuando estaba todavía con ustedes: que había de cumplirse todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los salmos.
Entonces hizo que entendieran las Escrituras, y les dijo: -Está escrito que el Mesías tenía que morir, y resucitar al tercer día, y que en su nombre se anunciará a todas las naciones que se vuelvan a Dios, para que él les perdone sus pecados. Comenzando desde Jerusalén, ustedes deben da testimonio de estas cosas.

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21 abril 2017 - Viernes de la octava de Pascua -
Jn 21, 1-14
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos, a orillas del lago de Tiberias. Sucedió de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, al que llamaban el Gemelo, Natanael, que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos de Jesús. Simón Pedro les dijo: -Voy a pescar.
Ellos contestaron: -Nosotros también vamos contigo.
Fueron, pues, y subieron a una barca; pero aquella noche no pescaron nada. Cuando comenzaba a amanecer, Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les preguntó: -Muchachos, ¿no tienen pescado?
Ellos le contestaron: -No. Jesús les dijo: -Echen la red a la derecha de la barca, y pescaran.
Así lo hicieron, y después no podían sacar la red por los muchos pescados que tenía. Entonces el discípulo a quien Jesús quería mucho, le dijo a Pedro: -¡Es el Señor!
A penas oyó Simón Pedro que era el Señor, se vistió, porque estaba sin ropa, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron a la playa con la barca, arrastrando la red llena de pescados, pues, estaban a cien metros escasos de la orilla. Al bajar a tierra, encontraron un fuego encendido, con una pescado encima, y pan. Jesús les dijo: -Traigan algunos pescados de los que acaban de sacar.
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red llena de grandes pescados, ciento cincuenta y tres; y aunque eran tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: -Vengan a desayunarse.
Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. Luego Jesús se acercó, tomó en sus manos el pan y se lo dio a ellos; y lo mismo hizo con el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado.

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22 abril 2017 - Sábado de la octava de Pascua -
Mc 16, 9-15
Después que Jesús hubo resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios. Ella fue y avisó a los que habían andado con Jesús, que estaban tristes y llorando. Estos, al oír que Jesús vivía y que ella lo había visto, no lo creyeron.
Después de esto, Jesús se apareció en otra forma a dos de ellos que iban caminando hacia el campo. Éstos fueron y avisaron a los demás; pero tampoco a ellos les creyeron.
Más tarde, Jesús se apareció a los once discípulos, mientras ellos estaban sentados a la mesa. Los reprendió por su falta de fe y su terquedad, ya que no creyeron a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia”.

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23 abril 2017 - 2º Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia -
Jn 20, 19-31
En aquel tiempo, al llegar la noche del primer día de la semana, los discípulos se habían reunido con las puertas cerradas por miedo a las autoridades judías. Jesús entró y, poniéndose en medio de los discípulos, los saludó diciendo: -¡Paz a ustedes!
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y ellos se alegraron de ver al Señor. Luego Jesús les dijo otra vez: -¡Paz a ustedes! Como el Padre me envío a mí, así yo los envío a ustedes. Y sopló sobre ellos, les dijo: -Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados les quedarán perdonados; y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar.
Tomás, uno de los doce discípulos, al que llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Después los otros discípulos le dijeron: -Hemos visto al Señor.
Pero Tomás les contestó: -Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mis dedos en ellas y mi mano en su costado, no lo podré creer.
Ocho días después, los discípulos se habían reunido de nuevo en una casa, y esta vez Tomás estaba también. Tenían las puertas cerradas pero Jesús entró, se puso en medio de ellos y los saludó, diciendo: -¡Paz a ustedes!
Luego dijo a Tomás: -Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; y trae tu mano y métela en mi costado. No seas incrédulo; ¡cree!
Tomás entonces exclamó: -¡Mi Señor y mi Dios! Jesús le dijo: -¿Crees porque me has visto? ¡Dichosos los que creen sin haber visto!
Jesús hizo muchas otras señales milagrosas delante de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida por medio de él.

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24 abril 2017
Jn 3, 1-8
Había un fariseo llamado Nicodemo, que era un hombre importante entre los judíos. Éste fue de noche a visitar a Jesús, y le dijo: -Maestro, sabemos que Dios te ha enviado a enseñarnos, porque nadie podría hacer los milagros  que tú haces, si Dios no estuviera con él.
Jesús le dijo: -Te aseguro  que el que no nace de nuevo, no puedo ver el reino de Dios.
Nicodemo le preguntó: -¿Y cómo puede uno nacer cuando es viejo? ¿Acaso podrá entrar otra vez dentro de su madre, para volver a nacer?
Jesús le contestó: -Te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de padres humanos, es humano; lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que te diga: “Todos tienen que nacer de nuevo.” El viento sopla por donde quiere, y  aunque oyes su ruido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así son también todos los que nacen del Espíritu.

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25 abril 2017 - San Marcos Evangelista -
Mc 16, 15-20
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la buena noticia. El que crea y sea bautizado, obtendrá la salvación, pero el que no crea, será condenado. Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre expulsarán demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes; y si beben algo venenoso, no les hará daño;  además pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos sanarán.”
Después de hablarles, el Señor Jesús fue levantado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos salieron a anunciar el mensaje por todas partes; y el Señor los ayudaba y confirmaba el mensaje acompañándolo con señales milagrosas.

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26 abril 2017
Jn 3, 16-21
Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.
El que cree en el Hijo de Dios, no está condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado por no creer en el Hijo único de Dios. Los que no creen, ya han sido condenados, pues como hacían cosas malas, cuando la luz vino al mundo prefirieron la oscuridad a la luz. Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella para que no se descubra lo que están haciendo. Pero los que viven de acuerdo con la verdad, se acercan a la luz para que se vea que todo lo hacen de acuerdo con la voluntad de Dios.

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27 abril 2017 - Santo Toribio de Mogrovejo -
Mt 9, 35-38
Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino, y curaba toda clase de enfermedades y dolencias. Al ver a la gente, sintió compasión de ellos,  porque estaban cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Dijo entonces a sus discípulos: -Ciertamente la cosecha es mucha, pero los trabajadores son pocos. Por eso, pidan ustedes al Dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla.

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28 abril 2017
Jn 6, 1-15
En aquel tiempo, Jesús se fue al otro lado del Lago de Galilea, que es el mismo lago de Tiberias. Mucha gente lo seguía, porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos. Entonces Jesús subió a un monte, y se sentó con sus discípulos. Ya estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Cuando Jesús miró y vio la mucha gente que lo seguía, le dijo a Felipe: -¿Dónde vamos a comprar pan para toda esta gente?
Pero lo dijo por ver que contestaría Felipe, porque Jesús mismo sabía bien lo que había de hacer. Felipe le respondió: -Ni siquiera el salario de doscientos días bastaría para comprar el pan suficiente para que cada uno recibiera un poco.
Entonces Andrés, que era otro de sus discípulos y hermano de Simón Pedro, le dijo: -Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados; pero, ¿qué es esto para tanta gente?
Jesús respondió: -Díganles a todos que se sienten.
Había mucha hierba en aquel lugar, y se sentaron. Eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó en sus manos los panes y, después de dar gracias a Dios, los repartió entre los que estaban sentados. Hizo lo mismo con los pescados, dándoles todo lo que querían. Cuando ya estuvieron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: -Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicie nada.
Ellos los recogieron, y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
La gente, al ver esta señal milagrosa hecha por Jesús, decía: -De veras éste es el profeta que había de venir al mundo.
Pero como Jesús se dio cuenta de que querían llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró otra vez a lo alto del cerro, para estar solo.

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29 abril 2017 - Nuestra Señora del Valle de Catamarca -
Jn 6, 16-21
En aquel tiempo, al llegar la noche, los discípulos de Jesús bajaron al lago, subieron a una barca y comenzaron a cruzar el lago para llegar a Cafarnaúm.  Ya estaba completamente oscuro, y Jesús no había regresado todavía. En esto, el lago se alborotó a causa de un fuerte viento que se había levantado. Cuando ya habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús, que se acercaba a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. Él les dijo: ¡Soy yo, no tengan miedo!
Con gusto lo recibieron en la barca, y en un momento llegaron a la tierra adonde iban.

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30 abril 2017 - 3 er Domingo de Pascua -
Lc 24, 13-35
Dos de los discípulos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Iban hablando de todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos. Pero aunque lo veían, algo les impedía darse cuenta de quién era, Jesús les preguntó: -¿De qué van hablando ustedes por el camino? 
Se detuvieron tristes, y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, contestó: -¿Eres tú el único que ha estado alojado en Jerusalén y que no sabe lo que ha pasado allí estos días?
Él les preguntó: -¿Qué ha pasado?
Le dijeron: -Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. Nosotros teníamos la esperanza de que él sería el que había de libertar a la nación de Israel. Pero ya hace tres días que pasó todo eso. Aunque algunas de las mujeres que están con nosotros nos han asustado, pues fueron de madrugada al sepulcro, y como no encontraron el cuerpo, volvieron, a casa. Y cuentan que unos ángeles se les han aparecido y les han dicho que Jesús vive. Algunos de nuestros compañeros fueron después al sepulcro y lo encontraron tal como las mujeres habían dicho, pero a Jesús no lo vieron.
Entonces Jesús les dijo: -¡Qué faltos de comprensión son ustedes y qué lentos para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?
Luego se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él comenzando por los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros de los profetas.
Al llegar al pueblo adonde se dirigían, Jesús hizo como que iba a seguir adelante. Pero ellos lo obligaron a quedarse, diciendo: -Quédate con nosotros, porque ya es tarde. Se está haciendo de noche.
Jesús entró, pues, para quedarse con ellos. Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús; pero él desapareció. Y se dijeron el uno al otro: -¿No es verdad que el corazón nos ardía en el pecho cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Sin esperar más, se pusieron en camino y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once apóstoles y a sus compañeros, que les dijeron: -De veras ha resucitado el Señor, y se le ha aparecido a Simón.
Entonces ellos dos les contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo reconocieron a Jesús cuando partió el pan.

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Todos los textos de los evangelios son tomados de "La Biblia. Palabra de Dios", Editorial Paulinas.
 
 
 
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